Atados por la omisión
Omisión podría ser definido como “el bien que podemos hacer y no hacemos”.
Justificamos nuestra indiferencia diciendo “eso no tiene que ver conmigo” cerrando los ojos de nuestra conciencia ante aquello que, pudiendo hacer, no hicimos.
Las lágrimas que vimos rodar en el rostro de quien camina a nuestro lado y que no enjugamos.
El papel tirado en el suelo que no recogemos.
El pedazo de pan que no compartimos.
No trabajar ni un minuto más.
La discusión que no quisimos evitar.
La herida que no quisimos curar.
La palabra de aliento que nunca regalamos.
El tiempo que le negamos a alguien que necesitaba hablar.
La mano que no estrechamos.
La respuesta airada al que nos hirió.
La oración que no elevamos, el perdón que no ofrecimos, la carta que alguien esperó y nunca escribimos.
La visita a ese enfermo que quedó en el olvido y tanto, pero tanto bien, que pudiendo hacer, por mil excusas y razones que inventamos, no lo hicimos.
Vivimos creyendo que con hacer lo que nos toca y no hacer mal a nadie, es suficiente para ganarnos el cielo.
No nos damos cuenta que si sólo hacemos lo que no nos cuesta, somos igual que los demás.
Jesucristo hizo realidad el amor y no se conformó con sanar y predicar; sino que inventó una nueva definición del amor, algo que le da su inigualable valor.











